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La iglesia parroquial de la Inmaculada es uno de los grandes referentes patrimoniales de Cella. Aunque su origen se remonta al siglo XII, el edificio ha experimentado diversas transformaciones a lo largo de los siglos, dando lugar a una combinación de elementos góticos y una rica ornamentación barroca. Su bella portada gótica da paso a un interior de gran amplitud, con nave única, capillas laterales y una cabecera ampliada posteriormente con un crucero y una cúpula.
Un templo con siglos de historia
La primera iglesia de Cella fue construida por los templarios en el último tercio del siglo XII. A comienzos del siglo XVI, su estado ruinoso hizo necesaria una profunda reconstrucción. Para impulsar las obras, el papa Julio II concedió indulgencias a quienes contribuyeran a su reedificación mediante una bula fechada el 3 de agosto de 1510.
Durante el siglo XVI se completaron las bóvedas de crucería y se levantó la torre, cuyo primer cuerpo de piedra data de 1609. Su construcción estuvo a cargo del maestro cantero Juan de Larrenaga, vecino de Cella, quien en 1612 acordó realizar en piedra labrada algunos elementos que inicialmente estaban previstos en ladrillo. En una de las piedras esquineras todavía puede verse la fecha de 1609 junto al escudo de la localidad, con la fuente y el castillo como símbolos.
La transformación más importante llegó en la segunda mitad del siglo XVIII, cuando el hundimiento de la cabecera obligó a ampliar el templo. El resultado es una iglesia que refleja distintas etapas constructivas y que conserva la huella de su larga historia.
Un patrimonio artístico de gran valor
Entre las piezas más destacadas se encuentra la Virgen del Castillo, una delicada escultura gótica de alabastro que constituye uno de los principales tesoros medievales de Cella. Su característica curvatura y su elegante factura evocan la tradición escultórica de la época. Se cree que pudo estar vinculada a la antigua fortaleza local y que quizá date del siglo XIV.
El templo conserva también importantes obras de arte sacro, entre ellas un retablo manierista dedicado a San Sebastián, una custodia de plata y diversos lienzos de interés. En la sacristía se guardan pinturas como la dedicada al martirio del jesuita Pedro Martínez, natural de Cella, además de otras representaciones de San Clemente y San Sebastián.
El retablo mayor: una obra recuperada
El actual retablo mayor tiene una historia propia. Tras la ampliación de la iglesia a comienzos del siglo XX, se instaló un retablo pintado de escaso valor artístico. Décadas después, el obispado de Teruel retiró de la ermita de Nuestra Señora de la Langosta, en Alpeñés, un retablo que corría peligro debido al deterioro del edificio. La pieza fue solicitada para la iglesia de Cella y finalmente se instaló allí en 1976.
Esta monumental obra fue realizada por el escultor Francisco Ascoz, natural de Barrachina, y colocada originalmente en La Langosta el 29 de septiembre de 1685. Su coste ascendió a 530 libras jaquesas. Las pinturas originales, realizadas en 1686 por Vicente Guilló, desaparecieron durante la Guerra Civil. Las actuales son obra de Juan Antonio Pumareta, pintor nacido en Cella, mientras que la imagen central del Crucificado fue realizada por sor María Gema Pitarch, del monasterio de las Clarisas de Báguena.
Música y tradición: el órgano y el coro
La música ha ocupado históricamente un lugar destacado en la vida de la iglesia. El órgano actual tiene su origen en un encargo documentado el 18 de mayo de 1718, cuando se presentó una propuesta para construir el instrumento en el plazo de un año. Sin embargo, existen referencias a un órgano anterior, lo que demuestra que el acompañamiento musical ya formaba parte de las celebraciones religiosas desde épocas previas.
Otro de los espacios más valiosos es el coro, cuya sillería de madera tallada destaca por su calidad artesanal. Su autoría no está confirmada, aunque se ha relacionado con el trabajo de los artesanos que realizaron las maderas del pasamanos de la Casa de Ferrari, vinculada a las obras de la Fuente de Cella y al proyecto de desecación de la laguna del Cañizar en el siglo XVIII.
Junto a la sillería sobresalen los antiguos libros corales, auténticas muestras del cuidado y la paciencia de los copistas de otras épocas. Tras una minuciosa restauración, el coro ha recuperado su esplendor y permite apreciar de nuevo la riqueza de este conjunto histórico.
La iglesia de la Inmaculada es, en definitiva, mucho más que un edificio religioso: es un espacio donde conviven siglos de historia, arte sacro, tradición musical y memoria colectiva, y una visita imprescindible para descubrir el patrimonio de Cella.
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