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Agramaderos de Villarquemado

Agramaderos de Villarquemado

Agramar, según el diccionario de la Real Academia de la Lengua, significa majar el cáñamo o el lino para separar del tallo la fibra. El cultivo del cáñamo fue hasta finales de los años cincuenta una actividad a la que se dedicaban la mayoría de los agricultores del pueblo. El cáñamo se sembraba en abril y se arrancaba en septiembre; en octubre y noviembre se realizaban las operaciones de extracción de cañamones, embalsamado y secado, y a partir de diciembre comenzaba el agramado.

Para agramar se usaban los agramaderos, que son unas construcciones de piedra, a cielo abierto. Se hacía un pozo de unos tres metros de profundidad por dos y medio de ancho, aproximadamente. Sobre el agujero, se colocaban cuatro trancas y sobre ellas se extendían los fardos de cáñamo para turrarlos. El agujero estaba rodeado de un muro de piedras con dos huecos: uno para la puerta y otro para alimentar el horno con aristas.

Una vez colocado el cáñamo en fajos sobre las trancas encima del pozo, se echan aristas por el agujero de la pared para pegarle fuego. De esta forma, se va turrando. El hornero, que es el que se encarga del horno, vigila el proceso de secado, que dura entre cuarenta minutos y una hora. Cuando el cáñamo estaba turrado, cada hombre cogía un fajo y lo picaba con la agrama.

Una agrama es un trozo de madera, de una longitud aproximada de 1,50 metros, como una viga, con un canal en el centro. Debe de ser de madera fina y encima lleva un brazo articulado, con una cuchilla de hierro, sin filo. A este brazo se le llamaba batojo.

Picar consistía en machacar el tallo de la planta con la cuchilla de la agrama. Se separaban así las aristas, que caían al suelo, de la fibra. Las aristas se utilizaban para alimentar el fuego del horno. Con la fibra se hacían rollos. Una vez terminada esta primera fase, en bruto, se les daba una segunda picada a los rollos para raderlos. Con cada cinco o seis manadas se hacía lo que se llamaba una cerrada, y cada treinta y cinco cerradas, aproximadamente, se hacían fardos, que era el producto que finalmente se vendía.

Los agramaderos no eran públicos, sino que cada uno pertenecía a un grupo de entre cuatro a seis socios, y en total en el pueblo había unos diez agramaderos.

En una estadística correspondiente a 1.957, recogida en la Miscelánea sobre Villarquemado, de Santiago Sebastián, se da la cifra de 513.000 kilos de cáñamo recogido, lo cual da idea de la importancia que este cultivo tuvo en la localidad. El cáñamo dejó de agramarse hacia 1.958, ya que al dejar de comprarse también dejó de sembrarse.

Fue entonces cuando comenzó el desuso de los agramaderos y su posterior abandono, hasta el 2.008, año en que el Taller de Empleo El Cañizar II, compuesto por alumnos de Villarquemado en las especialidades de albañilería y jardinería, restauraron y recuperaron los agramaderos situados en el camino que hay antes de llegar al pueblo desde Teruel.

Hoy en día, se puede disfrutar de un paseo por este camino en el que además de observar estos elementos en perfecto estado, también se puede conocer cuál era su uso original y por qué se hacía así y no de otra manera, gracias a los paneles explicativos del tema que se pueden encontrar a lo largo de este paseo por la historia reciente del municipio. Además, de este modo se ayuda a recuperar la memoria sobre uno de los oficios perdidos que más importancia tuvieron en esta y otras localidades cercanas.

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